Como traductora, intérprete, profesora y estudiante eterna de idiomas, he llegado a la conclusión de que pronunciar un idioma es cuestión de placer.
Puede que escuchar la palabra «placer» junto a «pronunciación» resulte extraño, pero pensémoslo a la inversa:
¿Cuál es la razón #1 por la cuál decimos que pronunciar «es difícil»? Por vergüenza.
Aprender un idioma tiene que ver con muchas cosas. Se habla ampliamente sobre técnicas, estretegias y la importancia de la práctica para notar un avance real.
Sin embargo, poco se habla sobre el rol del disfrute en el aprendizaje de un idioma.
Como todo proceso de expansión personal, el cambio se gesta desde dentro.
Y hablar un idioma nuevo es una forma de expansión.
Una versión nuestra que habla inglés, francés o cualquier otra lengua es una versión que madura conforme pasa el tiempo, conforme interiorizamos el idioma y conforme nos vayamos sintiendo cómodos al comunicarnos en ese otro lenguaje.
Esa es la mayor victoria de un estudiante de idiomas. Más allá que cualquier certificación o examen aprobado, la confianza y la seguridad lo son todo.
Ser fluidos en un idioma no es ser perfectos, es sentirnos lo suficientemente seguros para hablar, aunque tengamos errores.
Me tomó años llegar a esta conclusión. Sobre todo, porque por más que me gusten los idiomas, estos son para mí un trabajo y no solo un hobby.
Y a propósito de los hobbies, cuando digo que pronunciar es cuestión de placer no me refiero a que es un proceso enteramente gozoso.
La diferencia entre algo que hacemos por hobby y algo que hacemos por trabajo o convicción es el compromiso con el que procedemos.
Puedes amar los idiomas, pero no por eso vas a ser bueno.
Ese fue mi caso. Yo fui siempre esa estudiante a la que le costaba más trabajo.
Fui la peor de la clase, la que cometió el mismo error más veces, la que se tardó más tiempo en poder generar un sonido.
Pero fui una de las más comprometidas. Y eso hizo la diferencia.
Pensar que como mi objetivo con el inglés y el francés era profesional me hacía creer que no tenía derecho ni margen para equivocarme.
No obstante, esa exigencia de perfeccionismo nos limita porque es imposible empezar a actuar si esperamos ser los mejores desde el primer intento.
Por años he tenido la sensasión de que, al hablar otro idioma, sueno torpe.
Es normal. Estamos hablando un idioma que no fue el con el que nacimos.
Es experimentar el mundo en otra piel. Claro que va a ser extraño.
Hasta que un día se siente natural.
Hasta que un día esa piel ya nos recubre justo a nuestra medida.
Hasta que un día las palabras no solo fluyen, sino que se siente bien pronunciarlas.







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